Por Juan Marín Sánchez (Comunicador social/periodista)

Los dobletes sísmicos ocurridos en Venezuela el pasado 24 de junio -con sus
respectivas réplicas – dejaron una dramática cifra de fallecidos que ronda los 7 mil y
ahora el gran sismo ocurrido en Colombia el pasado lunes 10 de agosto, y cuyas consecuencias
en pérdidas de vidas aún incuantificable, están desatando toda una ola de temores
relacionados con los tiempos apocalípticos.
Los temores no parecen infundados, pues el último libro del Nuevo Testamento
cierra con una dramática profecía que quizá augura el final de los tiempos.
Estos aciagos momentos no pasan desapercibidos para quienes, desde cualquier
perspectiva religiosa, intentan convencernos de que “abracemos un arrepentimiento,
pues la segunda venida de Cristo está más cerca de lo que uno se imagina”.
- ¿Es el fin?
Parece que no irremediablemente, porque tanto el judaísmo como el cristianismo –
esta última religión descendiente de la primera- no prevén ningún fin catastrófico.
Los judíos esperan “el fin de los días” de las guerras, del sufrimiento y la opresión
como la conocemos hoy y cuyos tiempos previos advierten sobre la llegada del
mesías, la guerra de “Gog de Magog” (Dios contra los hombres que se librará en
Meguido o Armageddon), la reconstrucción del tercer templo de Jerusalén y la
resurrección de todos los muertos tras un gran terremoto en la Ciudad Santa; luego
de esto, la paz tras la aceptación mundial de YHVH como el amo de todo.
Para los cristianos, la cosa pinta parecida pero sin la destrucción de Jerusalén,
sino que ésta “bajará” del cielo: la nueva Jerusalén, ocurrirá la segunda venida de
Jesucristo; quién luchará para acabar contra el anticristo y se instaurará el tiempo
de paz y hermandad. Así que los terremotos no indican el fin del mundo, ni ningún
castigo divino como andan predicando santeros por ahí. A lo sumo serán los
indicadores de la proximidad de esos acontecimientos o simples fallas tectónicas.
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