Por: Óscar Durán – Director Área Académica de Comunicación Social – Periodismo de la Utadeo
A veces Colombia amanece con una noticia que se repite tanto, que ya parece parte del paisaje: otro medio grande anuncia recortes, otra redacción pierde reporteros, otra sala de prensa se apaga un poco más. No es solo un problema de números; es una señal de lo que somos y de lo que queremos ser como sociedad.
En los últimos años, las redacciones han sufrido un goteo silencioso pero persistente. Cada despido implica la pérdida de memoria institucional, de calle, de rigor y de valentía. Significa perder la mirada de un reportero que conocía el territorio, la agenda propia, el olfato de quien ya sabía cuándo un rumor valía la pena y cuándo era apenas ruido.
A los periodistas despedidos se les despide cuando quedan por fuera del medio y cuando el país deja de escucharlos, verlos o leerlos. Ese vacío se nota. Se siente en la calidad de las historias, en la capacidad para investigar, en la conversación pública cada vez más superficial. Porque la crisis de los medios no solo es económica, es también una crisis de sentido.
- La profundidad y el trabajo de calle
La transformación tecnológica, la caída de la pauta tradicional, la dependencia del tráfico digital y la precarización laboral han llevado a los medios a una carrera que no pueden ganar. Se les exige producir más contenido —más rápido y con menos personas— para plataformas que pagan poco, que demandan volumen y que castigan la pausa, la profundidad y el trabajo de calle.
Mientras tanto, las audiencias se fragmentan. Y los medios, debilitados por dentro, intentan sobrevivir con fórmulas que no siempre respetan el oficio: notas automáticas, contenidos reciclados, titulares inflados, la obsesión por el clic.
- Alimentar un algoritmo
En medio de ese panorama, muchos periodistas entienden que ya no se les pide narrar el país, sino alimentar un algoritmo.
Esa reducción de equipos significa menos ojos vigilando al poder, menos voces cubriendo regiones, menos reportería en un país que necesita que lo miren, lo expliquen y lo cuestionen.
- Sector ya vulnerado y atacado permanentemente
En redes sociales, donde hoy se libra gran parte de la discusión pública, muchos periodistas cuentan cómo sus trabajos dejaron de tener respaldo empresarial, pero también cómo han encontrado formas de reinventar su oficio desde la independencia. Sin embargo, no todos pueden hacerlo, porque el desempleo, la inestabilidad económica y la incertidumbre golpean con fuerza a un sector ya vulnerado y atacado permanentemente.
Cuando los medios se debilitan, el ruido crece, la mentira circula más rápido y la conversación pública se contamina. Sin periodismo robusto, independiente y crítico, el poder se mueve más libre, sin contrapesos.
- Cinco líneas de acción posibles, viables y aplicadas
La pregunta no es nueva, pero se vuelve urgente: ¿cómo puede el Estado fortalecer el ecosistema informativo sin poner en riesgo su autonomía? Estas son cinco líneas de acción posibles, viables y aplicadas en otros países democráticos:
1. Fondos públicos competitivos y transparentes para proyectos periodísticos
No se trata de financiar medios, sino de financiar proyectos, a través de convocatorias públicas con jurados independientes y criterios claros como investigación en regiones, innovación, verificación de datos, periodismo local, cobertura de poblaciones vulnerables.
Ejemplos existen: Canadá, Francia, Australia, Uruguay. La clave es que el Estado habilite el fondo, pero no elija a los beneficiarios.
2. Incentivos tributarios para medios locales y comunitarios
Las redacciones pequeñas son las que más rápido mueren. Descuentos tributarios, alivios en cargas laborales y estímulos para la contratación de periodistas podrían aliviar la asfixia financiera sin intervenir en la línea editorial.
3. Reglamentación y negociación justa con plataformas digitales
En países como Australia y Canadá, las plataformas deben pagar por el uso del contenido periodístico. Colombia podría avanzar hacia una ley que obligue a Google, Meta y otras plataformas a negociar con los medios un esquema de compensación justo. Eso no es interferencia editorial; es justicia económica.
4. Garantizar recursos estables para los medios públicos, sin cuotas políticas
RTVC y los sistemas locales deben tener financiación estable, blindada de los vaivenes políticos, con juntas directivas técnicas y protecciones legales que impidan su captura partidista.
5. Educación mediática y fortalecimiento de audiencias críticas
Un Estado que invierte en educación para la ciudadanía —cómo leer noticias, cómo verificar fuentes, cómo identificar desinformación— fortalece no a un medio, sino al ecosistema. Una audiencia exigente es la mejor defensa de la independencia.
El Estado debe ayudar a sostener el ecosistema, pero sin tocar la sala de redacción; los medios deben repensarse sin sacrificar la reportería; y la ciudadanía debe exigir información de calidad.
Porque cuando el último periodista apaga su grabadora, computadora o teléfono, no se silencian ellos, se silencia el país.
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