NARRATIVAS EXTREMISTAS

Columna de opinión de Jairo Miguel Torres Oviedo

Rector de la Unicórdoba y presidente de la Ascun y Sue

En análisis anteriores hemos abordado el tema de la muerte de las democracias, un problema que ocupa el centro del pensamiento político occidental en estos tiempos de turbulencias, extremismos y polarización ideológica. La confrontación de discursos y narrativas en cada extremo del péndulo político —negando la democracia en nombre de la democracia— nos expone a discursos dogmáticos, poseedores de verdades irrefutables, defendidas a costa de negar y violentar libertades. Es un modelo que recorre Occidente y nos obliga a reflexionar sobre la vigencia de la democracia: revitalizarla o verla morir.

El escenario político nacional es una muestra de lo que ocurre en la región, en Estados Unidos y en Europa. La frágil cultura política actual se alimenta de caudillismos y personalismos, apelando a principios fundacionales que nunca han existido. Entristece observar el nivel de polarización y el irrespeto en la vida pública nacional: hemos caído en un empobrecimiento del debate, dando paso a la descalificación y a la anulación del otro. Esto impone la necesidad de un liderazgo inaugural y transformador que tenga como centro la reafirmación de la convivencia social. Si no aprendemos a convivir en la diferencia, no podremos construir una democracia.

  • La narrativa mediática de desinformación y posverdad

Desde hace un tiempo hemos caído en un estado de opinión determinado por una narrativa mediática de desinformación y posverdad. Con ello estamos construyendo nuevas formas de violencia, en las que los referentes son, en su mayoría, líderes de opinión, medios de comunicación y dirigentes políticos que han convertido la democracia en un escenario de anulación y discriminación. Bajo estas tensiones y desencuentros es imposible construir un proyecto de nación.

Para validar lo anterior basta con observar, escuchar y reflexionar sobre la decadencia y degradación del discurso político y de quienes lo representan. En la frágil democracia colombiana hace tiempo dejamos de escuchar voces sensatas, sabias e ilustradas, orientadoras de la sociedad que debemos construir. Las pocas existentes han sido invisibilizadas por discursos ruidosos cargados de insultos y descalificaciones, generando malestar en la vida pública y defendidos bajo el argumento de la tendencia y el rating mediático.

  • Desconectando a la ciudadanía de la realidad

Con ello empobrecimos el debate y la vida pública, desconectando a la ciudadanía de la realidad que debería asumir conscientemente, reemplazada por una realidad construida mediáticamente. El propósito ha sido incidir en la creación de imaginarios sociales apocalípticos para anular a unos y engrandecer a otros, convirtiéndolos en héroes, salvadores y mesías con discursos proféticos y fórmulas redentoras para nuestras desgracias. Toda esta realidad ha generado un retroceso democrático.

Estamos acostumbrados a creer que las democracias mueren mediante golpes de Estado clásicos: el palacio presidencial incendiado, el presidente asesinado, encarcelado o exiliado. Pero hoy no hay tanques en las calles. La Constitución y otras instituciones nominalmente democráticas continúan vigentes. La población sigue votando.

  • Los autócratas

Los autócratas electos mantienen una apariencia de democracia, que van vaciando de contenido. Lo anterior ocurre dentro de las mismas instituciones democráticas, partidos políticos y élites que, por temor y/o oportunismo, incorporan estas lógicas de poder al sistema general, poniendo en riesgo la democracia.

Esta es precisamente la paradoja trágica de la senda electoral hacia el autoritarismo: los asesinos de la democracia utilizan las propias instituciones democráticas de manera gradual, sutil e incluso legal para liquidarla. Este es el camino por el que transitan actualmente las democracias occidentales: una nueva forma de negarlas y destruirlas, con los mismos actores y el mismo contexto.

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